Exilio Chileno
   

 

 

Exilio chileno, cultura y solidaridad internacional

En el exilio, la cultura chilena crece como un árbol vigoroso de denso follaje: la literatura, la pintura, la música, el teatro y el cine, conquistan audiencia y reconocimientos del más alto nivel en todos los continentes.
Alejandro Witker.
El Día, México, 12/11/1978.

Aeropuerto

 

 

 

Este trabajo se inició durante los años de la dictadura con el propósito de desvirtuar los dichos del régimen respecto a los exiliados, los que eran descalificados en cuanto a su valía ideológica, intelectual y moral y sindicados como sujetos de poco valor y proclives a vivir en un "exilio dorado".
Frente a ello, y a fin de contrarrestar lo anterior, surgió la idea de mostrar el quehacer de estos chilenos afincados forzosamente en tierras lejanas: su integración y aporte a las nuevas culturas, su creatividad y su trabajo en distintos ámbitos del quehacer humano realizado en países de todos los continentes.
El primer paso fue hacer un catastro de los escritos producidos en el exilio, el que finalmente dio origen a la investigación
Bibliografía. Acerca del exilio chileno y la cultura, publicada en Santiago en el año 1993. Como se expresa en su presentación, la bibliografía -que contiene 1.068 entradas de libros publicados en 37 países- constituye sólo una visión parcial de las obras escritas fuera del país entre septiembre de 1973 y diciembre de 1989.
Posteriormente se fueron acumulando nuevos antecedentes. Datos acerca de la pintura, de la música, del cine y del teatro; de la fotografía, de la gráfica, de las revistas, de las editoriales y de la literatura nacidos en el destierro, motivaron a dar cuenta de ello en estas páginas. Por cierto es también sólo una muestra, un incentivo para seguir en la búsqueda de ese período en el que el país vivió en dos sintonías.

Esbozo de la cultura chilena antes del golpe

Para comprender el trabajo desarrollado por los chilenos en el destierro y la solidaridad con que fueron acogidos y apoyados, hay que retrotraerse tanto a la situación socio-política del país como a su trasfondo cultural.

En ese contexto hay que recordar que la particularidad del proceso que acompañó la experiencia de la Unidad Popular había despertado gran expectativa e interés en el mundo y concentrado la preocupación de políticos, economistas, politólogos y académicos de distintas vertientes ideológicas. La vía chilena al socialismo estaba sometida a la permanente crítica de los centros de poder de la época, de modo que la información y/o análisis de sus aciertos o errores aparecía en las primeras páginas de la prensa del mundo. Esa opinión pública internacional alerta y ya motivada recibió los hechos de septiembre de 1973 con conmoción y estupor. En ese marco y como un homenaje a las víctimas, numerosas calles, plazas y edificios públicos de diversas ciudades del mundo reemplazaron sus nombres por el de Salvador Allende o de Pablo Neruda.

Nanterre (92) Francia Bobigny (93) Francia Bezons (95) Francia
Francia: ciudades de Nanterre, Bobigny, Bezons Fotos: Fernando Orellana

También debió influir en el accionar de los desterrados la tendencia de la política cultural que se trató de implementar en Chile en los períodos anteriores al golpe militar. En general esa política intentó marcar líneas en tres aspectos: a) impulsar y difundir la creación cultural individual y colectiva, b) promover el desarrollo de la educación, la ciencia y la tecnología, y c) recuperar para el país el conocimiento adquirido por los chilenos en el extranjero.

A través del tiempo y mucho antes de 1970, ya se destacaba en Chile la presencia del Estado promoviendo el desarrollo de la educación, la ciencia y la tecnología. La gratuidad de la enseñanza primaria, secundaria, universitaria y técnica, junto a la calidad de la enseñanza impartida en esas aulas, constituyeron factores determinantes en la formación de los profesionales y técnicos. Estos gozaron por décadas de un amplio prestigio en los centros de docencia, investigación y trabajo del extranjero.

Así fue como hasta antes del golpe militar las universidades chilenas constituían verdaderos centros generadores de conocimiento que desarrollaban un quehacer científico y académico de una calidad ejemplar y trataban de preparar a los profesionales que el país requeriría a futuro. Varios estudiantes latinoamericanos formados en ellas más tarde marcaron hitos en sus países.

Hasta 1973 se consideraba que el saber impartido en esos centros constituía un patrimonio de la comunidad ya que, de manera importante, estaban financiados por el Estado, con fondos de todos los contribuyentes. Durante años se produjo un flujo permanente de profesionales, técnicos y trabajadores de la cultura al extranjero. Estos entregaban sus conocimientos en el exterior y se nutrían de otros. Al regreso, las nuevas experiencias y enseñanzas se revertían en beneficio de toda la comunidad, produciéndose un proceso retro alimentador.

En esos tiempos y con especial énfasis entre 1970 y 1972 el Estado -a través del Ministerio de Educación, las universidades y las Casas de la Cultura de las municipalidades- apoyó iniciativas destinando fondos para diseñar e implementar políticas culturales dirigidas a incentivar y promover la creatividad. Hubo preocupación por difundir la creación a sectores cada vez más amplios de la población, o sea sacar la cultura a la calle.

Con ese propósito y tras la compra de la Editorial Zig-Zag, el gobierno creó en 1971 la Empresa Editora Nacional Quimantú Ltda. Como nombres alternativos para la nueva editorial se barajaron Quimantú y Camilo Henríquez, quedando con el primero, palabra que en mapudungún significa Sol del Saber.

Quimantú logró poner al alcance de todo el pueblo tanto la producción literaria nacional como la de autores ya clásicos en el mundo de las letras. Los libros se vendían a muy bajo precio en librerías y en kioscos de periódicos, haciéndolos así más accesibles al público no acostumbrado al hábito de la lectura.

Sus colecciones abarcaron todos los géneros literarios. Minilibros; Quimantú para todos; Cuadernos de Educación Popular; Nosotros los chilenos; Cordillera; Camino abierto. Serie análisis, pensamiento y acción; Clásicos del pensamiento social; Figuras de América; y Cuncuna, entre otras colecciones, acogieron unos 250 títulos publicados en alrededor de 10 millones de libros impresos por la Editorial entre noviembre de 1971 y agosto de 1973. En el mismo período las ventas alcanzaron una cifra cercana a los 8 millones de ejemplares.

Por su parte, a un año de la puesta en marcha de la Editorial, su producción estrictamente literaria llegó a más de 500 mil ejemplares al mes.

Entre las revistas sólo Paloma repitió el asombroso éxito alcanzado con la venta de los libros de Quimantú. Así fue como de Ahora y Mayoría, Juan, Hechos Mundiales, Quinta Rueda y Cabrochico, y otras, se publicaron sólo unos cuantos números o tuvieron una escasa acogida.

El golpe militar significó el cierre de Quimantú, la quema de parte de sus publicaciones y el despido de muchos de sus trabajadores. Algunos fueron detenidos y otros salieron al exilio. Tres de ellos están desaparecidos.

Gran significado tuvo también el Museo de la Solidaridad formado por pinturas, grabados, dibujos y esculturas enviadas al gobierno de Chile entre 1970 y 1973, que se expusieron en el Museo de Arte Contemporáneo y en dependencias del ex edificio de la UNCTAD. Según palabras del pintor José Balmes "...el Museo fue una iniciativa de gran trascendencia. Para definirlo brevemente basta evocar el afiche que se hizo para su inauguración, que reproducía el cuadro que Miro justamente había donado. El afiche explicaba que el Museo de la Solidaridad era producto de la donación de los artistas del mundo, su homenaje al gobierno de la Unidad Popular, un gesto de admiración y de solidaridad con el proceso que se desarrollaba en Chile. Llegó a tener más de mil obras, un hecho sin precedente, por el número y la calidad de sus componentes, los artistas contemporáneos más importantes...". (Revista Araucaria de Chile N°1, 1978, España)

De gran trascendencia fue también la invitación que el Presidente Salvador Allende le hiciera al pintor Roberto Matta, quien desde muy joven se radicó y estudió en Europa y llegó a ser uno de los artistas vanguardistas más elogiados de su tiempo. En 1971, al aceptar la invitación de venir a Chile, realiza un mural en la comuna de La Granja junto a la brigada Ramona Parra.

Con la llegada de los militares al poder se trastocó el modo de entender la cultura. Los libros considerados revolucionarios fueron quemados o destruidos, se allanó y cerró la editorial Quimantú; también se allanó la productora de películas Chile Films y se destruyó material de archivo y de laboratorio. Se estableció la censura de libros, periódicos, radio, televisión y cine. Por temor a la represión aflora la autocensura. Se intervino militarmente las universidades, se cerraron carreras y diezmaron bibliotecas. Parte importante de la educación fue privatizada y se desincentivó el apoyo a la investigación científica y sociológica. Se expulsó de los centros de enseñanza primero alumnos y profesores de pensamiento marxista y después a disidentes. Muchos fueron expulsados del país por el régimen; otros lo abandonaron por temor o porque la censura les inhibía su creatividad. De este modo, hombres formados y enriquecidos culturalmente con el esfuerzo de toda la sociedad fueron segregados de su medio con el consecuente daño para ellos y el país.


Basado en: Aguirre Argomedo, Estela; Correa Silva, Carmen; Chamorro Martínez, Sonia. 1993. Bibliografía. Acerca del exilio chileno y la cultura, Santiago, Chile, 112 p.

 

 

 

 

 

 

 

 

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